miércoles, 27 de octubre de 2010

El juego en el patio

Los límites del patio del jardín definen un espacio anhelado y de disfrute para los niños. Ellos esperan con ansiedad el momento de salir a jugar y desarrollan allí una actividad intensa y apasionante que suele quedar en su memoria como signo que rememora las maravillas del jardín, como imagen de un momento feliz.
El despojado patio de recreos, durante sus primeros años de escolaridad primaria, no logra igualarse a ese del jardín... pleno de desafíos y de invitaciones a jugar con los amigos. La posibilidad de correr, trepar, jugar con arena, jugar a la pelota o hamacarse... resultan opciones interesante y anheladas por ellos, que no dudan en correr hacia la puerta de la sala cuando la maestra anuncia que llegó la hora de jugar afuera.
En el jardín, el patio es, en sí mismo, una propuesta y una apuesta al juego y al aprendizaje. Todo parece posible en ese marco que ofrece una combinación de opciones de juego que resulta irresistible para cualquier niño.
La existencia de un momento de juego menos pautado, fuera de los límites de la sala, a desarrollarse en un espacio abierto, con objetos y aparatos que estimulen la destreza motora y diferentes habilidades en los niños, encuentra su origen en el ideario fundador del jardín como institución educativa, que amalgama, desde sus raíces, la propuesta de enseñanza con el juego. En el jardín de infantes, el juego en el patio no se configura como momento para descansar de la tarea, sino más bien como una propuesta en el marco de la cual se producen aprendizajes.
En términos generales, lo que pasa en distintos patios de distintas escuelas, en distintas ciudades y aún de diferentes países, veremos que las situaciones se asemejan. Maestros que "miran" como los niños juegan y cuidan que no se sucedan situaciones de peligro, niños que en grupos, parejas o en soledad, realizan actividades diversas...
Sin embargo vale la pena observar con más detenimiento cómo se van configurando estos momentos para poder pensar de qué modo expandir el potencial educativo de esta propuesta.

En casi todos los casos, las posibilidades de acción que los chicos encuentran en el marco de esta propuesta, varía notablemente en función de tres aspectos básicos: la organización del espacio físico en el que se desarrolla, las pautas establecidas por los docentes para manejarse dentro de esta actividad y los niveles de intervención del maestro en la propuesta.
Las definiciones en relación con el espacio físico del que dispone la escuela habilitan ciertas posibilidades y clausuran otras. Es casi seguro que si no se cuenta con espacio suficiente no se pueda jugar a la pelota, y si no hay arenero difícilmente sea posible jugar con arena. Sin embargo siempre hay margen para que, espacios muy restringidos tanto en orden a las dimensiones como al equipamiento, se superen a través de las posibilidades que el docente habilita en relación con los modos de ocupar ese espacio.
Es así como la potencialidad que el espacio ofrece no pueden ser analizadas desgajadas de las pautas que el maestro establece para el uso de ese espacio en particular.
Las normas establecidas para reglar el funcionamiento individual y grupal en este marco específico hacen que la propuesta vaya asumiendo una fisonomía particular y situada en esa realidad puntual. Es altamente probable que distintos grupos de una misma institución, ocupen de modos muy diversos el mismo espacio y hagan usos diferentes de la misma dotación de objetos y equipamiento. Estas diferencias sin duda están vinculadas a las edades de los niños y a las diferentes configuraciones grupales que cada sala asume. Pero es necesario considerar que la actividad que se realiza en este espacio, se ve fuertemente signadas por el marco regulatorio sostenido por el docente con mayor o menor consenso grupal. Este es un aspecto en el resulta interesante detenernos dado que es de fuerte impacto en el potencial lúdico de la propuesta de juego en el patio, si es que acordamos en considerarlo una instancia de enseñaza en el marco de una propuesta educativa más amplia. Es aquí donde se juega el valor que la actividad asume como propuesta educativa y el impacto que puede tener para el aprendizaje.
La frecuente denominación a este momento como de juego libre, puede llevar a confusiones. Sin dudas, lo que en el patio sucede está lejos de ser una actividad "libre" si por libre entendemos ajena a toda delimitación externa y exclusivamente ligada a las decisiones individuales. El patio de juegos, está absolutamente atravesado por decisiones del orden de lo educativo. Desde las dimensiones y la ubicación hasta los equipamientos y los materiales todo hace que en ese patio, en particular, se "propongan" determinadas acciones que se consideran valiosas para este momento de actividad del niño. Desde aquí ya encontramos una decisión pedagógica que se vuelve a redefinir en función de las posibilidades de juego que el maestro habilita a través del establecimiento de lo que está permitido y lo que no lo está. Podríamos pensar entonces que lo que el jardín de infantes ofrece a los niños durante el desarrollo de esta propuesta, es un espectro más amplio de opciones preestablecidas entre las cuales los niños pueden elegir desarrollar alguna actividad en general lúdica, con una presencia del maestro que guarda cierta distancia de lo que cada uno desarrolla y ocupa un lugar menos central.
El maestro, entonces, mantiene cierta lejanía pero bajo ningún concepto está ajeno a lo que sucede. Si bien este es un momento más distendido para él en tanto no ocupa un papel protagónico, sus intervenciones resultan centrales a la hora de terminar de delinear la propuesta.
La presencia del maestro en el patio, tal como sucede en cualquier otra situación didáctica, no asume una modalidad única y su riqueza está dada por la maleabilidad y capacidad para leer en cada momento cuál es la participación que mejor colabora con lo que está sucediendo con sus niños y el juego. Si analizamos lo que generalmente sucede podríamos visualizar tres tipos de intervención que se van alternando según sea necesario.
Por un lado el maestro observa y aprovecha la "distancia" que esta actividad le ofrece con respecto a su propio grupo para conocer mejor a los niños, los conoce más, los ve jugar, descubre sus posibilidades lúdicas, comprende maneras personales de resolver situaciones problemáticas...
En otros momentos lo veremos participando de alguno de los juegos y colaborando con algunas de las acciones que sus niños desarrollan, hamaca a algunos, hace tortas de arena, ayuda en las propuestas más difíciles, alienta y acompaña a los más temerosos...
También nos encontraremos con que en algunas situaciones retoma una centralidad mayor para enseñar juegos que luego jugarán sus alumnos solos: toma iniciativa para hacer rondas, juega juegos con canciones, enseña juegos de palmas... "transfiere" a sus alumnos juegos tradicionales que no se aprenderían si no fuera porque alguien los enseña y que además encuentran en el ámbito del patio del jardín un espacio privilegiado para ser jugados.
Llegado este punto vemos que, esta actividad central e ineludible en el marco de cada jornada escolar, aunque a simple vista puede parecer más despojada de intencionalidad educativa, se encuentra sin embargo profundamente atravesada por decisiones de fuerte carga pedagógica que se juegan en un continuo de decisiones institucionales que van desde el marco arquitectónico, pasando por los sistemas de reglas y normas para terminar de definirse en orden a las maneras que el docente encuentra para participar de este momento. Si lo miramos desde esta perspectiva descubrimos que el maestro, juega aquí también un rol central en el despliegue de su función educativa que incluye pero excede ampliamente el "cuidar de los niños".
El maestro enseña aún cuando en lo aparente no lo está haciendo... de él depende que el juego en el patio se constituya para cada niño en una situación potente y enriquecida de encuentro con otros... con el juego... con el mundo de lo social... con la cultura.













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